El milagro desde afuera.

Cuando te casas, tu esposa es el centro de atención.
Cuando tienes a tu primer hijo, tu bebé es el centro de atención.
Y como hombre ¿cuándo te toca ser el centro de atención?
Quizá nunca (y está bien).

Aunque evidentemente este énfasis en la novia reluciente y en el flamante bebé, responden a meros estereotipos, quizá los roles del hombre y la mujer se han definido así no sólo por razones culturales sino también de supervivencia.

Es bien sabido que en muchas especies animales, son las mujeres quienes ejercen el liderazgo de un grupo y aunque entre los humanos se dice mucho del papel del hombre como cabeza de una familia, durante la vida de un recién nacido (como mi hijo) ni él ni yo sobreviviríamos sin Carmelita.

Los hombres vivimos desde la noticia del embarazo hasta las primeras noches de desvelo de forma diferente que las mujeres. Nosotros no podemos saber que un bebé viene en camino porque nuestro cuerpo no expresa ninguna señal, tampoco sufrimos los achaques del primer trimestre ni dejamos de dormir boca abajo durante la última parte del embarazo. Nunca sentimos contracciones, no necesitamos anestesia, ni expulsamos al bebé de nuestro vientre (y aún así, algunos nos desmayamos).

Durante los 9 meses previos al nacimiento de un hijo, quizá seamos nosotros los que más lo disfrutamos, pero una vez que nace el bebé y tenemos que regresar a nuestros trabajos, el vínculo que se establece entre tu esposa y tu hijo es evidentemente poderoso, creciente y los llena a ambos de satisfacciones.

No es que nosotros no podamos involucrarnos. Pero está claro que nuestra participación tiene un límite y el ejemplo más claro es la lactancia: Yo puedo despertarme todas las veces que mi bebé se despierta en la noche. Puedo despertarme un par de veces más sólo a revisar si está acostado de lado o boca arriba, si tiene fiebre o los pies fríos, si ve cómodo o si está respirando, pero nunca podré darle leche materna. Al menos no de mi pecho.

Si como adulto, el sueño te invade después de comer, es impresionante ver a un bebé después de ser amamantado. Se relaja, afloja el cuerpo y a veces hasta sonríe. Y no sólo porque deja de tener hambre sino quizá porque sabe que es amado, que lo único que conoce (su mamá) lo está cuidando cuida y lo más importante de todo, porque asegura la supervivencia.

Estos 14 días no han sido suficientes para establecer un patrón de sueño y de alimentación en mi hijo recién nacido, pero si bastan para entender que, desde el primer aliento de tu bebé, que es cuando te vuelves padre, tu vida cambia por completo y tu capacidad de amar de pronto se expande.

Hoy no puedo sustituir a mi esposa en ese rol providente que tanto lo acerca a mi hijo, pero sigo buscando los momentos y los espacios en los que como papá y como hombre me vuelva imprescindible.

En estos momentos clave de la vida, a los hombres no nos toca brillar. Por eso es que el resto del tiempo tenemos que ganarnos el aplauso. Cumpliéndole a la mama el antojo, dándole la mano en el alumbramiento. Ayudándola a dar los primeros pasos después del parto, cargando la pañalera, cambiando pañales cuantas veces se requiera y estando disponible para que, cuando llegué el próximo hijo, nuevamente cedamos los reflectores y contemplemos desde afuera el milagro de la vida.